Las plantas de adelfa ayudan a evaluar la calidad del aire en la ciudad

Un estudio liderado por el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC) de Zaragoza señala que las plantas ornamentales urbanas, como la adelfa, pueden convertirse en un aliado barato y fiable para medir la calidad del aire en la ciudad. El uso de esta técnica permitiría conocer la calidad del aire en las ciudades con una resolución espacial detallada, facilitando una mejor planificación de las infraestructuras urbanas y una mejor gestión de los riesgos para la salud de sus habitantes.

La calidad del aire de las ciudades se controla mediante estaciones automáticas que registran la concentración de gases como el ozono o el dióxido de nitrógeno, o la acumulación de partículas microscópicas. Sin embargo, debido al reducido número de estaciones disponibles (en Madrid hay 26, en Barcelona 11 y en Zaragoza 7), es imposible generar mapas detallados a escala de calles o barrios. Por el contrario, las plantas ornamentales se encuentran situadas prácticamente en todas las zonas de la ciudad, proporcionando un número mucho mayor de puntos de muestreo que permiten realizar estudios a una mayor resolución espacial.

En las ciudades, la mayor parte de las emisiones de material particulado se originan en las actividades humanas: cenizas y hollín residuos de la combustión de maderas, carbón, gasoil o gasolina, y partículas metálicas y de otros tipos originadas por el tráfico o durante la combustión de procesos industriales. Todas ellas se dispersan en la atmósfera y, a través de la respiración, entran en nuestros pulmones. Según la Agencia Europea del Medio Ambiente, el material particulado del aire causó 428.000 muertes prematuras en Europa en 2014.

La metodología desarrollada en este estudio, publicado en la revista Environmental Science & Technology, propone el uso de la adelfa como biomonitor de la polución atmosférica debida a material particulado de origen metálico. Las partículas se depositan tanto en la superficie de las hojas como en su interior, penetrando a través de los estomas, orificios que permiten el intercambio de gases.

Los investigadores recogieron hojas de 118 plantas localizadas en diferentes puntos de la ciudad de Zaragoza y sus alrededores durante el verano del 2011. Posteriormente, analizaron su contenido interno (dentro del tejido de las hojas) y externo (depositado sobre su superficie) en plomo, cobre, cromo, níquel, cerio y cinc; y realizaron mapas detallados de la concentración de metales en las hojas de adelfa, con una resolución de 500×500 metros, cubriendo toda el área urbana de Zaragoza. Del análisis de dichos mapas, se pudo establecer que las mayores concentraciones de metales se encontraban en aquellas plantas situadas en un radio de 4 kilómetros desde el centro de la ciudad.

Los mapas también aportaron información acerca del origen de los diferentes metales. Las hojas de las plantas localizadas en zonas con mayor densidad de vehículos acumulaban más metales (cromo, cobre, zinc y níquel) que aquellas situadas en zonas con menor densidad. Estos metales se liberan desde los tubos de escape, frenos y neumáticos de los vehículos por fricción.

Para conocer con mayor detalle el origen potencial de alguno de estos metales, como el zinc, se realizaron análisis de isótopos. El zinc que encontramos en la naturaleza es en realidad una mezcla de 5 isótopos estables, siendo el 64Zn el más abundante. Diferentes procesos, como la combustión o la absorción por parte de las plantas, hacen que la proporción de los diferentes isótopos varíe, creando una especie de “huella dactilar” que sería diferente según el origen del metal. Los análisis de estas huellas han permitido establecer que el zinc encontrado en las plantas cercanas a las zonas industriales provenía de procesos como la galvanización o la fundición de metales.

La distribución espacial de otros metales, como el aluminio o el cerio, sugería, sin embargo, un origen natural. En este caso, los suelos de la estepa semiárida que rodea Zaragoza son una fuente natural de polvo arrastrado por el viento desde el Noroeste hacia el Suroeste de la ciudad. Así, estos materiales se acumularían en las zonas que primero encuentra el viento (barrios del Noroeste, como Miralbueno), actuando como una barrera natural y haciendo que los barrios del Sureste (como Torrero) estén menos expuestos a la deposición de estos materiales.

“Los resultados permitirán, por ejemplo, realizar mapas de la inmisión (donde se deposita la polución atmosférica) en las ciudades a una resolución espacial mucho mayor de lo que nos permiten los sistemas basados en unas pocas estaciones de control de calidad del aire”, apunta el Dr. Navarro, investigador principal. Estos mapas mostrarían la calidad promedio del aire, como resultado de todas las emisiones de partículas (tráfico, industria y erosión de los suelos circundantes a la ciudad) y sus interacciones con las barreras arquitectónicas y el transporte del viento.

“El uso de plantas para conocer la calidad del aire permitiría mejorar la planificación espacial de nuevas infraestructuras, usos y servicios dentro de la ciudad, seleccionando aquellas zonas más apropiadas en función de su exposición a diferentes niveles de polución”, añade el Dr. Navarro.

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